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En el 1998, el escritor comunista portugués, José Saramago, Premio Nobel de Literatura, decía:
El socialismo es un estado de ánimo. Para que haya socialismo, es preciso que haya socialistas. El socialismo no se puede hacer sin la gente. El capitalismo sí, puede construirse a sí mismo prescindiendo e incluso en contra de la gente; el socialismo no puede. Hay muy pocos pesimistas en el mundo hoy en día. Si todos fuéramos pesimistas respecto a lo que tenemos delante, el mundo cambiaría. Pero lo que reina es ese optimismo general que dice que todo anda bien...
Cito
a Saramago porque soy de los que creen que el socialismo, o sea, una
sociedad libre de la deshumanidad del capitalismo, no puede hacerse sin
la gente; de los que creen en la necesidad y posibilidad de que exista
en el futuro otro tipo de sociedad que no la sociedad capitalista; y
que para crearla hay que contar con el pueblo como agente y sujeto
conscientemente constructor de esa alternativa. Hoy creo que ya nadie
defiende la tesis de que el cambio positivo hacia otro tipo de sociedad
venga automáticamente por una dinámica histórica movida por fuerzas
ciegas, o invisibles al ojo desnudo, sea material o sobrenaturalmente
superiores a la voluntad de los humanos. Tenemos que construirnos como
sujetos dotados de libertad, solidaridad, conocimientos, capacidad
creativa y voluntad para hacerlo. Eso requiere un trabajo esforzado. Es
el trabajo de la Educación Popular. Es desde esa perspectiva que
intentaré compartir con ustedes la experiencia de EP vivida en el
Brasil, retomando brevemente su historia. Además, si es cierto que
el optimismo globalizado a que se refería Saramago en el 98 ha sido
profundamente abalado por el “11 de septiembre del norte” (nuestro 11
de septiembre fue el de 1973 en Santiago de Chile, donde se reveló la
brutalidad de otro terrorismo, frío y absolutamente injustificable),
hoy nosotros, brasileños, y quizás también argentinos, tenemos otros
optimismos que talvez haya que sazonar con algún pesimismo... Para
empezar lo más honestamente posible, quiero avisarles de que nunca he
hecho investigaciones sistemáticas sobre la historia de la Educación
Popular en el Brasil: la he vivido en las últimas cuatro décadas. Ni
siquiera he leído todos los intentos académicos y científicos de
rehacer esa historia o partes de ella. Por eso, lo que aquí presento
será de origen más biográfico que propiamente histórico, aunque nadie
pueda tener una biografía fuera de la historia. Eso tiene la desventaja
de que necesariamente la imaginación se mete en la memoria, la
invención se mezcla con los recuerdos, la pasión embellece los hechos o
los distorsiona y habrá probablemente un tanto de ficción en mi breve
narrativa. Pero tiene también la ventaja de ilustrar un intento de ser
fiel a uno de los principios fundamentales de nuestra concepción de
Educación Popular: el de que la reflexión sobre la propia experiencia
es fuente válida (aunque no suficiente) de conocimiento. Superfluo
decir que esta presentación ya está de antemano abierta a todas las
contestaciones, correcciones, añadiduras que se le quiera hacer. Últimamente
se me hace difícil comprender qué ocurre en la Educación Popular, a
menos que la considere como un tipo especial de movimiento social, el
movimiento... - de
los que creen que sí, se puede construir históricamente una sociedad
justa, fraterna, a través de un proceso de cambio en el cual la
indispensable revolución de las estructuras no cueste el aplastamiento
de las personas, al contrario,...
... depende de la conciencia, la voluntad, el desarrollo y la contribución de cada uno... ... articuladas por medio del diálogo reflexivo desde las prácticas comunes... ... que lleva a la creación colectiva y procesual del conocimiento necesario al cambio. - de
los que creemos que la calidad de ese proceso depende de una constante
y consciente práctica pedagógica en la cual somos todos, a la vez,
educadores y educandos, y con la cual nos comprometemos personalmente,
sea cual sea el momento o el tipo de practica política en la cual
estemos involucrados
Entonces,
para comprender lo que está ocurriendo ahora, y pensar en el porvenir,
me ha dado buen resultado contemplar como un amplio movimiento social a
la Educación Popular - esta de que hablamos en los últimos 30 o 40 años
en América Latina, proceso auto-educativo entretejido con las prácticas
de lucha social. Como cualquier otro movimiento social, y según las
coyunturas a lo largo de su trayectoria, la Educación Popular: - Se
ha ido definiendo poco a poco a través de variadas practicas e ideas en
movimiento, casi nunca suficientemente claras ni discernibles, ni
tampoco muy unitarias en todos los casos;
- Ha
ganado y perdido, y vuelto a ganar y a perder, partidarios de
distintos orígenes y matices, por motivos diversos; sus participantes
no lo son siempre por toda la vida...
- Posee
un núcleo de convicciones, aspiraciones, objetivos y militantes más
permanentes, y una variedad de ideas, prácticas y participantes más
difusos e instables en sus márgenes, pero la mayoría de las veces
resulta imposible precisar (antes que el instante en cuestión haya
transcurrido) quiénes constituyen ese núcleo permanente y quiénes sus
márgenes;
- No
se confunde con un cuerpo doctrinario cerrado, ni con la fidelidad
religiosa al pensamiento de un gurú, ni con ninguna institución que el
haya producido o que, en algún momento, se haya convertido en su vocero;
- Crece y se contrae; se acelera y se detiene para recobrar fuerzas, y va cambiando siempre, a menos que fallezca,
- En
la medida en que consigue difundir con mayor amplitud en la sociedad
sus interpretaciones de la realidad, sus valores, sus prácticas,
aspiraciones y propuestas estos pierden fuerza, o son adoptados muy
parcialmente por otros movimientos o, incluso, desarticulados,
recuperados y domesticados por las fuerzas conservadoras que
distorsionan su sentido original: de ahí su búsqueda constante de
reafirmación frente a sí mismo para no perderse en ese proceso.
En
un intento de periodización muy esquemática, yo diría que el Movimiento
de Educación Popular, como la entiendo, atravesó hasta ahora las
siguientes fases en Brasil: 1. Primero, una larga fase de latencia,
en la cual ya se anunciaban muchas de las ideas y prácticas que irían a
componer su núcleo, cada una de ellas manifestándose a través de
sujetos sociales distintos y hasta contrapuestos, como, por ejemplo: - Los
movimientos obreros y revolucionarios que emergieron desde finales del
siglo XIX - especialmente el anarco-sindicalismo que predominó hasta
1922 - se proponían y llevaban a cabo un esfuerzo por educar a los
trabajadores como parte fundamental de su acción política y, además de
mantener centros, actividades y publicaciones culturales, tenían su
propia propuesta de cambio de los sistemas de enseñanza.
A
continuación, los comunistas (desde 1922) tuvieron su sistema de
formación de militantes y su proyecto con vista a influir en la cultura
del país en general, o a educar ampliamente a través del arte y la
literatura, sobre todo a las clases medias. Se trataba de despertarles
la sensibilidad para la injusticia del capitalismo – a través del arte
– y a transmitirles el conocimiento científico de la realidad -
producido por los intelectuales revolucionarios - que erradicaría la
conciencia falsa y alienada de la cual el pueblo era portador - Desde
la década del 30, surgieron en los medios educacionales brasileños, en
general públicos y laicales, varios intentos por reformar las escuelas.
Por esos tiempos, ciertas corrientes pedagógicas proponían una
metodología activa en la cual el educando tenía voz y capacidad de
acción, en vez de ser apenas una hoja en blanco sobre la cual el
sistema educacional iba a inscribir la «cultura». Ya se buscaba
convertir la educación en instrumento de cambio social, en vez de
simple mecanismo de reproducción. Los experimentos de renovación de la
enseñanza en esa dirección se multiplicaron en los años 50, incluso en
los medios educacionales religiosos (católicos) y se crearon muchas
escuelas o clases “experimentales”, públicas y privadas.
- A
partir de los años 30, el populismo - fuese en su forma dictatorial o
en su versión democrático-electoral - ya había atribuido a las masas
populares un papel de peso en la política.
- Los
sectores más avanzados de la Iglesia Católica, representados sobre todo
por los movimientos juveniles de la Acción Católica, ya reconocen – en
el final de la década de los 50 - a Brasil como un país injusto,
«antievangélico», en el que era necesario hacer cambios radicales. Esos
sectores contemplaban la acción transformadora como parte integrante de
su vocación de cristianos laicos. Así también, atribuían a la formación
personal integral de sus miembros y de la gente en general una
importancia central en tanto la consideraban indispensable para la
acción transformadora de la realidad social, bajo la influencia del
filósofo cristiano y personalista francés Emanuel Mounier, quien decía
que «no puede haber sociedad enteramente libre sin personas libres; no
puede haber personas enteramente libres sin sociedad libre».
2. Luego, sobrevino una primera fase de explicitación de la Educción Popular como tarea histórico-política, entre, digamos, 1958 y 1968. La
modernización del país, sobre todo de los medios de transporte y
comunicación - con la construcción de grandes carreteras nacionales o
inter-regionales y aeropuertos, la implantación de la televisión, la
industrialización - acelerada en los años 50, había permitido a amplios
sectores de la sociedad, sobre todo jóvenes intelectuales de la clase
media, un «descubrimiento del Brasil» que les presentaba un país
extremadamente desigual, injusto y atrasado y les revelaba la miseria
de las masas, produciendo una profunda indignación juvenil. A
finales de 1961, como resultado de una complicada sucesión de
acontecimientos políticos, y de una intensa movilización popular,
asumió la presidencia de la República João Goulart. Este vicepresidente
elegido democráticamente era apoyado por una alianza muy compleja e
inestable, que incluía desde militares nacionalistas y anticomunistas
hasta los partidos de izquierda, legales o clandestinos, pasando por
todos los grupos nacionalistas y populistas, el sindicalismo
corporativista, las ligas campesinas, los socialistas de distintos
matices, y la parte más avanzada del episcopado y del laicado
católicos. Ninguna de esas fuerzas podía prescindir del apoyo de las
masas populares que se habían movilizado en gran medida en aras de la
defensa de la Constitución y del respeto a los resultados electorales. Un
programa de Reformas de Base de fuerte matiz nacionalista y
anti-imperialista, incluyendo una Reforma Agraria que hoy nos parece
muy tímida, entusiasmaba a todos esos sectores y, por supuesto,
horrorizaba a los conservadores y a los representantes de intereses
norte-americanos. La cuestión de la alfabetización para permitir una
participación popular lo más amplia posible en la política, mediante el
voto, se convierte en un tema central - puesto que la Constitución
excluía a los analfabetos del derecho al voto - para que se pudiera,
desde el Estado, cambiar radicalmente el país. Gran parte de la
juventud creía que la Revolución Brasileña seguiría pronto los pasos de
la Revolución Cubana, sin necesidad de subir a una sierra. Dos
tipos de acción iban a expandirse muy rápidamente en el terreno de la
educación y de la cultura encaminadas hacia las clases populares. Ambos
estaban dotados de clara motivación política y atribuían a la educación
y al cambio cultural gran importancia como factores de cambio social y
político: - La agitación ideológica en forma de eventos y productos de «Cultura Popular»,
a través de los cuales los intelectuales buscan espacios y formas
«populares» de comunicación y expresión para llevar «la realidad
brasileña» a la conciencia de la población y enseñarle al pueblo lo
que había que saber para avanzar por la ruta del antiimperialismo y del
socialismo. En líneas generales se tomaban, del pueblo, las formas y,
de los intelectuales, los contenidos.
El más importante vehículo
en esa línea fue el Centro Popular de Cultura (CPC) creado por la Unión
Nacional de Estudiantes (UNE) y replicado por las entidades
estudiantiles de todo el país, bajo el liderazgo, en general, de la
Juventud Comunista - en muchos casos aliados a los militantes de la JUC
y de la JEC a partir del año 61 y en seguida de la Acción Popular (AP),
organización de izquierda revolucionaria que reunía militantes
cristianos y otros no (todavía...) marxistas. - Los programas de alfabetización de adultos y educación de base:
dos iniciativas, localizadas en el Nordeste, generaron grandes campañas
nacionales, en las cuales se involucraron miles de jóvenes,
principalmente de origen estudiantil o de movimientos cristianos:
a) De las escuelas radiofónicas de la Iglesia de Natal emergió el MEB (Movimiento de Educación de Base) instituido por la recién creada Conferencia de Obispos de Brasil, con apoyo político y financiero del gobierno de Goulart. La
enseñanza de la lectura y la escritura ya ganaban un sentido más amplio
en ese contexto. Sus contenidos se referían fuertemente a las duras
condiciones de vida de los pobres, a las injusticias y a la necesidad
de unión y organización comunitaria para cambiar esa situación. Se
asentaba en materiales gráficos y en clases básicas transmitidas por
radio o a través de grabaciones, explicadas a cada grupo de oyentes con
la ayuda de monitores locales. La formación de esos monitores y de los
cuadros pedagógicos que coordinaban el conjunto se vuelve pronto una
formación de cuadros políticos. El MEB entrenó a miles de personas,
como monitores o como alumnos, sobre todo en el Nordeste y en otras
partes pobres y aisladas del país. Sus contenidos abordaban los
problemas que afectaban la vida cotidiana de los pobres, y las
injusticias de que eran victimas se van revelando y produciendo
intentos de organización sindical rural, de acción transformadora a
nivel local y ensayos de articulación nacional. b) De la experiencia del profesor Paulo Freire, en Pernambuco y Río Grande do Norte, resultó el Plan Nacional de Alfabetización
- instituido por el Ministerio de Educación y presidido por el propio
Freire. En 1958 se realizara el 2º Congreso Nacional de Educación de
Adultos, con la participación de Paulo Freire, donde se sugiere un
programa permanente de enfrentamiento del analfabetismo que desembocó,
solo en 1962, en el Plan Nacional de Alfabetización de Adultos (extinguido
por el Golpe de Estado de 1964, después de un año de funcionamiento).
Ese programa difundió su método y en muy poco tiempo entrenó como
alfabetizadores-concientizadores a miles de jóvenes, sobre todo
estudiantes. Como sabemos, Freire proponía un método de alfabetización
que insistía en el aprendizaje como un proceso activo y creativo,
basado en el diálogo y en relaciones horizontales entre
educadores/educandos y educandos/educadores, en el cual el «maestro»
tenía que aprender del pueblo para poder enseñarle y en el cual el
reconocimiento, por el pueblo, de su propia cultura, de su capacidad
creativa y su concientización en cuanto a las causas sociales de sus
condiciones de vida formaban el contenido esencial, que debía de
resultar en acción popular para el cambio. En líneas
generales, aquí se tomaban, del pueblo, o de su experiencia cotidiana,
los contenidos, y de los intelectuales, la forma: la escritura. Más
importante que el método de alfabetización como tal, la filosofía de la
educación de Freire, en la cual se trataba de formar a los jóvenes
alfabetizadores, va a tener una importancia fundamental en el período
siguiente. En cierta forma, los protagonistas vivían ese
conjunto de iniciativas como un solo grande movimiento, en el cual
podía haber bastante interpenetración de agentes y actividades, aunque
existiesen muchas diferencias, contradicciones y rivalidades: frente al
imperialismo y a la derecha, todos eran, en algún momento, aliados.
El golpe militar de 1964, llevado a efecto en contra del «peligro
comunista», destruyó todas las estructuras institucionales (los CPCs de
los estudiantes, el PNA del Ministerio de Educación y hasta,
parcialmente, el MEB de los obispos) sobre las cuales se apoyaban esas
acciones. Pero no destruyó inmediatamente ni su espíritu ni su
impulso en la juventud, que expresaba al menos la intención de
proseguir por esa línea. En varios sectores ya estaban arraigadas, en
principio, las ideas y la experiencia de la necesidad y posibilidad de
educación popular para el cambio, de la importancia de la participación
política de las masas populares, de la educación como acción política
-e incluso como política revolucionaria- y de la existencia, en la
experiencia y en la cultura del pueblo, de elementos fundamentales
(formas y contenidos) para su propia educación libertadora que los
intelectuales tenían que conocer y aprender para poder “enseñar” algo. Muchos
tuvieron que marchar al exilio ya desde el 64, entre ellos Paulo
Freire. Pero ya no se podía borrar de las cabezas juveniles la luz que
el había encendido. En parte por eso, muchos, incluso el MEB, bajo la
protección de la ambigüedad de la posición de los obispos frente al
Golpe, intentaron seguir, más o menos clandestinamente, con sus
iniciativas educativo-culturales junto al pueblo. En la
práctica, hasta 1968 la juventud estudiantil y la izquierda en general
tuvieron que emplear toda su energía en sobrevivir y tratar de mantener
una comunicación con las masas. El año 68 fue de intensa y creciente
movilización popular de protesta. El Acto Institucional nº 5,
decretado por los militares en diciembre de 1968, liquidó cualquier
esperanza inmediata de organización, manifestación o acción política
legal para cualquier tipo de izquierda. Se recrudeció la
represión y muchos fueron a parar a la cárcel o al exilio. Quedaban
tres caminos para los que no estaban muerto o encarcelados: el exilio,
la lucha armada o la inmersión, sea clandestina sea legal, en el seno
de las masas para desde allí organizar al pueblo. Fue ese tercer
camino que inició en el país otra fase de la Educación Popular como la
entendemos hoy, y representó una reinterpretación de su sentido a la
vez que su reinserción social. 3 - La fase de reinterpretación del sentido de la Educación Popular y de reinserción social, se extiende del 1969 al final de lo años 70. La
escalada represiva, como ya vimos, dejó abiertos básicamente tres
caminos: el del exilio, el de la lucha armada - que muy pronto
desembocó en tragedia - y el de la inmersión de los militantes en el
seno de las masas, para desde ahí comprender, educar y organizar al
pueblo con vista a la transformación radical y democrática de la
sociedad, y ese objetivo pasaba necesariamente por el combate contra la
dictadura. Esos senderos no eran excluyentes y hubo grupos y
organizaciones políticas cuyos militantes siguieron simultánea o
sucesivamente los tres caminos. El tercer camino, el de la
inserción más o menos clandestina en el medio popular, fue el que
condujo a reeditar la Educación Popular con un nuevo sentido y desde
otro lugar: evidentemente ya no se trataba de capacitar a las masas
para que apoyasen la transformación que venía «de arriba», ni la acción
desde el aparato del Estado. El objetivo ahora era atribuir
progresivamente a las clases populares - ya no sólo a las «masas»
populares - un protagonismo mucho más central en la transformación que
tendría que provenir «de abajo». Y esto implicaba la organización del
pueblo «desde la base». La educación popular para la cooperación
comunitaria, que había sido el objetivo de buena parte de las
experiencias de la fase anterior, se vuelve aquí punto de partida
pedagógico para avanzar hacia una comprensión y organización amplias y
estratégicas, pasando por la acción y organización sindical clasista. Hacía
eso convergieron militantes políticos marxistas y religiosos y laicos
católicos que procuraban «la inserción en el medio popular» como
condición para concretizar la «opción preferencial por los pobres». El
deseo de liberar a los oprimidos se convirtió para ellos en un objetivo
inseparable de la evangelización. El primer libro de Freire,
Educación como práctica de la Libertad, publicado en Brasil en 1967, y
La pedagogía del oprimido - cuyo manuscrito circulaba ya en el país
desde principios de 1969 - así como la Teología de la Liberación, de
Gustavo Gutiérrez contribuyeron a dar sentido a prácticas muy modestas
y locales que pudieron iniciarse bajo el manto protector de la Iglesia,
cuya ambigüedad (los obispos, en un primer momento, habían apoyado al
Golpe) le garantizaba bastante inmunidad frente a la represión, y bajo
el cual se pudieron abrigar también muchos militantes no creyentes. Podemos
nos preguntar si Paulo Freire no hubiese actuado y escrito de modo a
dar a los jóvenes intelectuales la esperanza de que sí, se podía contar
con el pueblo para transformar el mundo, a condición de establecer con
el una relación libertadora para ambos a través de un proceso de
educación mutua, que demandaba mucha humildad y paciencia pero que no
podría ser derrotado por la fuerza bruta, tal vez la historia que sigo
narrando hubiera sido muy distinta. Tal vez la derrota de la lucha
armada nos hubiese echado en el desánimo o la desesperación. Fue
también importante para el futuro de la izquierda brasileña el modo
como la represión acercó a cristianos radicales y comunistas de todos
los matices, porque los arrojó a las mismas cárceles, a las mismas
clandestinidades, a las mismas “inserciones”. Ocurrió un proceso de
mutua “contaminación”, en el que aprendieron unos de otros y fueron
estableciendo juntos una serie de valores. Desde entonces, y hasta
fines de los años 70, se desplegó en el país un enorme esfuerzo: en
todas partes había personas con experiencia y formación política
ubicadas en el medio popular, tratando de organizar a la gente a partir
de sus necesidades más sentidas, no siempre las más vitales, lo cual es
distinto. Desde esa posición trataban de ayudar el pueblo a
concientizarse de su situación -a partir de su propia vivencia social-
y también de aportarle los conocimientos que él no estaba en
condiciones de adquirir a partir de su horizonte visual para que
comprendiese y se organizase para transformar lo más global. Su
formación pedagógica se fue haciendo en la práctica, sobre todo por el
intercambio de experiencias y la reflexión sobre esa práctica. Se puede
decir sin error que fue la Educación Popular que formó, con su propia
metodología, a los educadores populares del Brasil de los 70. Las
Comunidades Eclesiales de Base (CEBs), las Oposiciones Sindicales y las
Asociaciones de Vecinos fueron las formas organizativas populares más
comunes y posibles en ese periodo. En ese tiempo ocurría que
cualquier tipo de acción popular era reprimido tan inmediatamente que
terminaba pronto por politizarse. Se comenzaba a luchar por el agua y a
los dos meses de ya se tenía que luchar contra la represión -cualquier
tipo de movilización de protesta o reivindicación era acusada de
comunismo y reprimida- y a veces ya a la gente se le había olvidado por
qué habían empezado a luchar. La lucha contra la represión se fue
politizando en lucha contra la dictadura. Los educadores
populares, intelectuales brasileños y también voluntarios extranjeros,
que buscaban su modo propio de participar en la lucha popular por la
justicia, se organizaban y actuaban a través de las pastorales sociales
de las Iglesias -principalmente de la Iglesia Católica- y de pequeños
Centros de Educación Popular, de apoyo a las comunidades y movimientos
populares, de comunicación popular, etc., en general locales y con muy
pocos recursos materiales, movidos a fuerza de militancia. Los
contenidos más frecuentes de la Educación Popular en ese período
tendían a ser : “el pueblo unido jamás será vencido...”, desde el nivel
del pueblito o del barrio, hasta “como funciona la sociedad”... “el
capitalismo y el socialismo”... “la dictadura y la democracia”... Pero
todo no era homogéneo ni tranquilo en el campo de la educación popular:
la línea dialógica inspirada en Freire, la metodología de la
construcción colectiva de conocimiento, se confrontaban constantemente
con el estilo leninista de los que fueron formados para darle al
pueblo, “desde afuera”, la ciencia revolucionaria ya hecha y la
dirección política para sus acciones. También había inmensas
diferencias en cuanto a respetar o no el ritmo del pueblo para avanzar
en la acción, en cuanto a quien pertenece la dirección de la acción, a
un liderazgo colectivo emergido del pueblo o al los intelectuales, al
“partido” (las diversas formas de organizaciones políticas clandestinas
entonces existentes). Fueron tiempos de mucho movimiento, de mucha
lucha, en las ciudades y en el campo, que de hecho crearon una masa de
personas con capacidad de crítica, de análisis, de movilización en casi
todo el país. En la medida en que la dictadura se fue
debilitando -tanto por problemas económicos y el rechazo internacional
cuanto por la misma resistencia y lucha popular- esa masa y sus
organizaciones fue surgiendo como una fuerza cada vez más articulada
que comenzó a poder contemplarse a si misma operando a nivel nacional 4. Una fase de expansión e institucionalización abarcó desde finales de los años 70 hasta finales de los 80.
A fines de los 70 el esfuerzo de articulación nacional de las luchas y
organizaciones populares de todo tipo pasó a primer plano, y se esbozó
la perspectiva de la toma del poder del Estado con la derrocada de la
dictadura. De repente se les presentó a las clases populares, a los
sectores organizados de las clases populares, la posibilidad y la
necesidad de estar capacitados para dirigir el país. Se crearon
entonces las grandes “escuelas” se multiplicaron las escuelas de
formación de cuadros populares, sindicales y otros. Del punto de
vista de los contenidos que predominaban en la Educación Popular, se
pasa de una posición ideológica anti-Estado (identificado con la
dictadura y el capitalismo) se pasa a una lectura gramsciana del Estado
como campo de batalla, más amplio y difuso que los aparatos estatales
visibles a ojo desnudo, y atravesado por la lucha de clases, en cuyos
espacios hay que ganar puestos para luchar también desde adentro. Cuando
llegamos al inicio la “redemocratización segura, lenta y gradual” de
los militares (bajo presión popular y internacional, por supuesto, en
fines de los 70, con la amnistía (1978) y la autorización para crear
nuevos partidos, los antiguos políticos trataron de poner en pie a los
mismos partidos que existían antes de la dictadura. Pero toda
aquella masa de nuevos sujetos políticos no se reconocía para nada el
aquel viejo estilo de política ni de organización; crearon o
legalizaron sus propios partidos y se propusieron construirlos de modo
diferente. El más importante, evidentemente, es el PT, opción de crear
un partido de izquierda, no de cuadros, pero de masas, que nunca había
existido antes el país. Sigue, hasta hoy, tratando de hacer
política de otra manera Claro, hoy ya ha perdido su inocencia, su
pureza original: ya tiene sus pecados, y muchos. Pero la gran mayoría
del pueblo consciente, organizado, que lucha, lo sigue identificando
como su camino de participación política, y la masa hoy reconoce a Lula
como su líder. Los lulistas hoy son muchísimo más numerosos que los
petistas o los “de izquierda”. Fúndanse enseguida la
Central Única de Trabajadores (CUT) y otras centrales sindicales. Más
tarde se trata de crea una Central de los Movimientos Populares (no
sindicales) pero que, talvez por la inmensa diversidad de los
movimientos que pretendía agrupar, por la naturaleza poco estructurada
y muy fluida de esos movimientos, talvez por el modelo “centralizado”,
inspirado evidentemente en el modelo sindical, no ha logrado la misma
representatividad que obtuvo la CUT. Los Movimientos Populares se han
articulado mucho más en la forma de redes, y redes de redes, que se
atan y desatan al sabor de las coyunturas. El vigor y amplitud de
los Movimientos Sociales Populares se a expresado fuertemente en su
movilización, intervención, éxitos y conquistas en la elaboración de
la nueva Constitución que se promulgó en octubre del 88, conocida como
“la Constitución Ciudadana”. En los años 80 la Educación Popular
fue reconocida como uno de los factores más importantes para la
aparición de todas esas formas de organización y articulación. Entonces
se puso de moda, se convirtió en un producto y obtuvo financiamiento
relativamente fácil. Las agencias internacionales de cooperación
cantaban las bondades de la Educación Popular en Brasil; se crearon
grandes ONGs, también porque estaban regresando los exiliados,
trayendo un conjunto de relaciones internacionales anudadas en Europa,
en el Canadá y mismo en los USA. Al mismo tiempo, los sindicatos
obreros europeos, principalmente italianos, suecos y alemanes, pasaron
a financiar el sindicalismo brasileño, posibilitando el montaje de un
fuerte sistema de formación de la CUT, con varias grandes escuelas
regionales. Y empezaron a escribirse y a publicarse muchos libros. De
repente ¡apareció una cantidad fantástica de educadores populares y
sindicales! Ser educador popular tiende a volverse una profesión con
buenas perspectivas de empleo, y muchos prefieren llamarse ya no
“educadores populares” sino “asesores” (hoy muchos ya se han alzado a
un grado superior: el de “consultores”). Hubo, grosso modo, dos tipos de educadores populares en ese período: - Estaban
los de militancia y vocación, que son los que creen profundamente en
eso y hacen de la Educación Popular un proyecto de vida, gran parte de
ellos surgidos de la militancia de los movimientos que, al reconocer la
importancia de la educación en la política, se iban juntando a los
“viejos” educadores militantes y especializándose en eso a servicio de
sus propios movimientos.
- Pero también estaban los de ocasión, los “de coyuntura”.
Algunos
que en ese momento de cambio pensaban que si el movimiento llegaba al
poder, los impulsaría a ellos hasta allí. Creían talvez que, como
intelectuales del movimiento, serían los llamados a gobernar. Otros
que descubrían la EP como tema académico y como profesión posible. En
los medios universitarios, los movimientos sociales populares y la EP
pasan a ser temas de elección para disertaciones de maestría y tesis de
doctorado, y poco a poco la formación y los títulos académicos, un
largo currículo y un lenguaje teórico supuestamente más competente
tienden a ser más importantes que la práctica para el acceso a la
“profesión”. Se pueden montar gruesos dossiers de las materias de la
prensa nacional y extrajera de los 80 sobre todo eso.
Una
anécdota para ilustrar esa variedad de comprensiones distintas: en
1989, cuando Lula no ganó la presidencia, oí a alguien, que había sido
un exitoso teórico de la Educación Popular en los 80, afirmar, en un
encuentro, que la EP estaba liquidada; que el movimiento popular se
había acabado. Al preguntársele cuales hechos justificaban esa
afirmación, contestó que hasta el año anterior los editores se
disputaban los libros que el mismo escribía sobre el tema y todos se
publicaban, pero ahora tenía un nuevo libro terminado y ya nadie quería
publicarlo. La Educación Popular evaluada como un producto para el
mercado... 5. Una segunda fase de reinterpretación del sentido de la Educación Popular ocurrió en los años 90. Se
pueden fácilmente encontrar textos de científicos sociales brasileños,
de los años 90, que hablan de la crisis de los movimientos sociales,
del fin de la Educación Popular, etc... En la realidad, lo que ha
pasado fue una crisis de los científicos sociales que no fueron capaces
de acompañar con su mirada a los desplazamientos y cambios de los
movimientos. Los movimientos populares, en el nuevo contexto
estaban marcado por el hecho de no haberse ganado las elecciones
nacionales para tomar las riendas del gobierno central y hacer la
revolución democrática o algo por el estilo; entonces, pasada la
depresión de la derrota, el movimiento popular se ha puesto a tratar de
“construir el poder popular desde abajo”, desde lo local, invirtiendo
sus esfuerzos en la auto-capacitación para controlar, criticar, crear y
proponer políticas públicas y a luchar por el poder para hacerlo. El
hecho de que el PT empezaba a ganar un número significativo de
alcaldías y hasta gobiernos estaduales estimulaba ese camino. También,
las conquistas de los movimientos en la Constitución del 88 - que
tornaba indispensables, para el repase de fondos federales, la
existencia y funcionamiento de consejos municipales (también
estaduales) en cada rama de las políticas públicas, con participación
de la sociedad civil organizada y de los servidores públicos de cada
categoría. Ahora, aún frente a gobiernos conservadores, se cree poder
imponer una línea popular en el diseño y la ejecución de las políticas
públicas de interés popular. Eso ha estimulado también la lucha
articulada contra la corrupción y el clientelismo en la política
local. Y donde los movimientos estaban bien organizados y tenían
capacidad de movilización, han avanzado mucho en ese camino durante los
90. Capacitarse para eso se vuelve una urgencia para los Movimientos. Por
lo tanto, la cuestión de la Educación Popular ya no es un proyecto de
los intelectuales junto al pueblo, sino algo que proviene del seno del
movimiento popular. Por eso talvez ya no se escriben tantos libros ni
artículos sobre ellos, y creen los académicos que ya no existe nada. Otro
aspecto importante de este período es el efecto de la
re(des)-estructuración productiva y de cambios en la “cultura
empresarial” que cambia enteramente el cuadro de fuerzas en la sociedad
civil: el movimiento sindical que había protagonizado la escena
política de los 80 se ve arrinconado, disminuido tanto en su tamaño
cuanto en su capacidad de presión, el desempleo con extinción de
puestos de trabajo echa en el mercado informal a millones de
trabajadores, incluso, y a veces en primero lugar, a los militantes
sindicales e políticos, que pasan a buscar otros espacios para su
militancia. Esa disponibilidad de gente acostumbrada e organizarse y
actuar social y políticamente va a ser un de los factores que estimulan
el crecimiento y avance de otros tipos de movimientos, no centrados en
lo económico sino en las cuestiones de género, etnia, cultura,
medio-ambiente, etc, de la lucha política a nivel local y también,
por otro lado, de las iniciativas de la llamada economía solidaria.
Las ONGs de origen militante tendrán ahora que competir con una
infinidad de fundaciones, proyectos y instituciones filantrópicas
originadas en las grandes y medias empresas capitalistas desde que la
“responsabilidad social de la empresa” se puso de moda. Con la
multiplicación y diversificación de actividades y sujetos, con
distintas propuestas, todos de cierto modo presentándose como
continuadores o reformadores de aquellos procesos anteriores, no
resulta fácil precisar lo que ha ocurrido en todo el país desde 1990.
Pero está claro que se ha reducido el número de individuos e
instituciones que se proponían a llevar a cabo la Educación Popular en
el sentido del acompañamiento pedagógico de las acciones y luchas
populares, y también menos intelectuales académicos involucrados en eso. En
el Nordeste tenemos una escuela regional de formación de educadores y
dirigentes populares - una de las pocas que han quedado de aquel tiempo
de las grandes escuelas - que sigue muy fuerte, señal que los
Movimientos siguen fuertes - cuyo trabajo ha generado varias redes muy
vivas: de educadores populares, de jóvenes, de políticas públicas, de
educadores rurales. Lo que percibimos en los años 90 es que en nuestro
programa de formación de educadores aparecían cada vez menos
intelectuales del tipo clásico para seguir el curso de formación de
Educadores Populares y - en su lugar - cada vez más militantes de los
movimientos de acción popular, de los grupos de base, que buscan
formarse como educadores para sus propios movimientos. No son
profesionales de las ONGs ni profesionales de educación. Van a
permanecer viviendo en las favelas trabajando en su profesión o, más
frecuentemente, en el mercado informal, pero están asumiendo la
responsabilidad de impartir programas de formación como su tarea de
militantes. Cada vez resulta más evidente que la Educación Popular, en
la concepción que aquí considero, prosigue hoy adelante porque los
movimientos la han asimilado, porque la formación se realiza desde el
interior del Movimiento Populares. Ya no es más predominantemente, como
parece que fue basta finales de los 80, el modo que tenían muchos
intelectuales de encontrar el sentido de su vida en la lucha por la
transformación social. Este proceso ha sido, sin duda, uno de los
más importantes factores que hizo inevitable la victoria de Lula en las
elecciones presidenciales del 2002 que, evidentemente, abren un nuevo
período para la Educación Popular en el país, pero cuya cara es todavía
imposible de distinguir. Sobre esa nueva coyuntura todavía sobran
perplejidades y faltan análisis. septiembre 2003
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