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Este problema del logro de una unidad cultural-social sobre la base de una común y general concepción del mundo puede y debe aproximarse al planteamiento moderno de la doctrina y de la práctica pedagógica, según la cual el rapport entre maestro y alumno es un rapport activo, de relaciones recíprocas, por lo que todo maestro sigue siendo alumno y todo alumno es maestro.
Pero
el rapport pedagógico no puede limitarse a las relaciones
específicamente «escolares», mediante las cuales las nuevas
generaciones entran en contacto con las viejas absorbiendo de ellas las
experiencias y valores históricamente necesarios, y «madurando» y
desarrollando una propia personalidad histórica y culturalmente
superior. Esta relación se da en toda la sociedad en su totalidad y en
cada individuo respecto a los demás, entre castas intelectuales y no
intelectuales, entre gobernantes y gobernados, entre élites y secuaces,
entre dirigentes y dirigidos, entre vanguardias y cuerpos de ejército.
Toda relación de «hegemonía» es necesariamente un rapport pedagógico y
se verifica no sólo en el interior de una nación, entre las diferentes
fuerzas que la componen, sino en todo el campo internacional y mundial,
entre conjuntos de civilizaciones nacionales y continentales.MS, p. 26. Intelectuales y hegemonía Queridísima
Tatiana. (... ) El estudio que he realizado sobre los intelectuales es
muy amplio como diseño y, en realidad, no creo que existan en Italia
libros sobre este tema. Existe ciertamente mucho material erudito,
pero disperso en un número infinito de revistas y archivos históricos
locales. Por otra parte, yo extiendo mucho la noción de intelectual,
sin limitarme a la noción corriente que hace referencia a los grandes
intelectuales. Este estudio lleva también a ciertas determinaciones
del concepto de Estado, normalmente entendido como sociedad política (o
dictadura, o aparato coercitivo para conformar la masa popular según el
tipo de producción y la economía de un momento dado) y no como un
equilibrio entre la Sociedad política y la Sociedad civil (o hegemonía
de un grupo social sobre toda la sociedad nacional ejercida a través de
las organizaciones denominadas privadas, como la Iglesia, los
sindicatos, las escuelas, etc.) precisamente en la sociedad civil
operan de modo especial los intelectuales (Ben. Croce, por ejemplo, es
una especie de papa laico y un instrumento eficacísimo de hegemonía,
aunque de vez en cuando pueda encontrarse en oposición a tal o cual
gobierno, etc.). Esta concepción de la función de los intelectuales, en
mi opinión, ilustra la razón o una de las razones de la caída de las
Comunas medievales, es decir, del gobierno de una clase económica que
no supo crearse una categoría propia de intelectuales y ejercer, por
tanto, una hegemonía, además de una dictadura; los intelectuales
italianos no tenían un carácter popular-nacional sino cosmopolita y
basado en un modelo de la Iglesia, y a Leonardo le era indiferente
vender al duque Valentino los diseños de las fortificaciones de
Florencia. Las Comunas fueron, pues, un estado sindicalista que no
llegó a superar esta fase y a convertirse en un Estado integral como en
vano indicaba Maquiavelo, el cual pretendía, a través de la
organización del ejército, organizar la hegemonía de la ciudad sobre el
campo, por lo que puede llamársele el primer jacobino italiano (el
segundo ha sido Carlo Cattaneo, pero éste con demasiadas quimeras en la
cabeza). De todo esto se infiere que el Renacimiento debe considerarse
como un movimiento reaccionario y represivo en oposición al desarrollo
de las Comunas, etc. Te hago estas alusiones para persuadirte de que
todo período de la historia italiana, desde el Imperio Romano hasta el
Risorgimiento, debe considerarse desde este punto de vista monográfico. C, 210, 7 de septiembre de 1931. Queridísima
Tania (... ) Ya hice alusión a la importancia que concede Croce a su
actividad teórica de revisionista y que, por su misma admisión
explícita, todo su esfuerzo de estos últimos años como pensador se ha
visto guiado por el intento de completar la revisión (del marxismo)
hasta el punto de convertirla en liquidación. Como revisionista ha
contribuido a suscitar la corriente de la historia económico-jurídica
(que, de forma atenuada, se ve hoy todavía representada sobre todo por
el académico Gioachino Volpe); hoy ha dado forma literaria a esa
historia denominada ético-política, de la que debería llegar a ser
paradigma la Storia d’Europa. ¿En qué consiste la innovación realizada
por Croce? ¿Tiene ese significado que él le atribuye y, sobre todo, ese
valor “liquidador” que él pretende? Concretamente puede decirse que
Croce, en la actividad histórico-politíca, pone el acento tan sólo en
ese momento que se conoce en política como de la «hegemonía», del
consenso, de la dirección cultural, para distinguirlo del momento de la
fuerza, de la constricción, de la intervención legislativa y estatal o
policial. En realidad no se comprende cómo cree Croce en la capacidad
de este planteamiento suyo de la teoría de la historia para liquidar
definitivamente toda teoría de la praxis. Ha ocurrido precisamente que
en el mismo período en que Croce elaboraba su diversora clava, la
filosofía de la praxis, en sus más grandes teóricos modernos, era
elaborada en el mismo sentido y revalorado precisamente de forma
sistemática el momento de la “hegemonía” o de la dirección cultural en
oposición a las concepciones mecanicistas y fatalistas del economismo.
Se ha llegado incluso a afirmar que el rasgo esencial de la más moderna
filosofía de la praxis lo constituye precisamente el concepto
histórico-político de «hegemonía”. Clases sociales y categorías intelectuales ¿Son
los intelectuales un grupo social autónomo e independiente, o bien cada
grupo social tiene su propia categoría especializada de intelectuales?
El problema es complejo por las diferentes formas que ha adoptado hasta
ahora el proceso histórico real de formación de las diversas categorías
intelectuales. Las más importantes de estas formas son dos: l)
Cada grupo social, al nacer sobre el terreno originario de una función
esencial en el mundo de la producción económica, se crea a la vez,
orgánicamente, una o varias castas de intelectuales que le dan
homogeneidad y conciencia de la propia función no sólo en el campo
económico, sino también en el social y político: el empresario
capitalista crea el técnico industrial, el científico de la economía
política, la organización de una nueva cultura, de un nuevo derecho,
etc., etc. Hay que observar el hecho de que el empresario representa
una elaboración social superior, ya caracterizada por una cierta
capacidad dirigente y técnica (es decir, intelectual): debe poseer una
cierta capacidad técnica, además de la esfera a la que se circunscribe
su actividad e iniciativa, en otras esferas más, al menos en las más
próximas a la producción económica (debe ser un organizador de masas de
hombres; debe ser un organizador de la «confianza» de los «clientes» en
su empresa, de los compradores de su mercancía, etc.). Si no todos
los empresarios, al menos una élite debe poseer una capacidad de
organización de la sociedad en general, con todo su complejo organismo
de servicios, hasta el organismo estatal, por la necesidad de crear las
condiciones más favorables a la expansión de su propia clase -o por lo
menos debe tener la capacidad de elegir a sus «delegados» (empleados
especializados) a los que confiar esta actividad organizativa de las
relaciones es generales externas a la empresa. Puede observarse que
los intelectuales «orgánicos» que cada nueva clase crea consigo misma y
elabora en su desarrollo progresivo, son por lo general
«especializaciones» de aspectos parciales de la actividad primitiva del
tipo social nuevo que ha sacado a relucir la nueva clase. Incluso, los
señores feudales eran detentores de una peculiar capacidad técnica, la
militar, y es precisamente a partir del momento en que la aristocracia
pierde el monopolio de la capacidad técnico-militar, cuando se inicia
la crisis del feudalismo. Pero la formación de los intelectuales en el
mundo feudal y en el precedente mundo clásico es una cuestión que
requiere un estudio aparte: tal formación y elaboración sigue vías y
modos que es preciso estudiar concretamente. Así hay que observar que
la masa de los campesinos, aunque lleve a cabo una función esencial en
el mundo de la producción, no elabora propios intelectuales «orgánicos»
y no «asimila» ninguna casta de intelectuales «tradicionales», aunque
otros grupos sociales arrebaten a la masa de campesinos a muchos de sus
intelectuales y muchos intelectuales tradicionales sean de origen
campesino. 2) Pero cada grupo social «esencial», al emerger a la
historia de la precedente estructura económica y como expresión de su
desarrollo (de esta estructura), ha encontrado, al menos en la historia
que se ha hilvanado hasta ahora, categorías intelectuales preexistentes
y que a aparecían más bien como representantes de una continuidad
histórica ininterrumpida hasta con los más complicados y radicales
cambios de las formas sociales y políticas. La más típica de estas
categorías intelectuales es la de los eclesiásticos, monopolizadores
durante largo tiempo (por toda una fase histórica que se caracteriza
más bien por este monopolio) de algunos servicios importantes: la
ideología religiosa, es decir, la filosofía y la ciencia de la época,
con la escuela, la instrucción, la moral, la justicia, la beneficencia,
la asistencia, etcétera. La categoría de los eclesiásticos puede
considerarse como la categoría intelectual orgánicamente ligada a la
aristocracia fundista: era equiparada jurídicamente a la aristocracia,
con la que compartía el ejercicio de la propiedad feudal de la tierra y
el uso de los privilegios estatales vinculados a la propiedad. Pero el
monopolio de las superestructuras por parte de los eclesiásticos (3) no
se ha ejercido sin lucha y limitaciones, por lo que se han visto nacer
en diferentes formas (que han de buscarse y estudiarse concretamente),
otras categorías, favorecidas y engrandecidas por el reforzamiento del
poder central del monarca, hasta el absolutismo. Así se viene formando
la aristocracia de la toga, con sus propios privilegios, una casta de
administradores, etc.; científicos, teóricos, filósofos no
eclesiásticos, etc. Pero como estas diferentes categorías de
intelectuales tradicionales sienten con «espíritu de cuerpo» su
ininterrumpida continuidad histórica y su «cualificación», así ellos se
ponen a sí mismos como autónomos e independientes del grupo social
dominante. Esta autoposición no se produce sin consecuencias en el
campo ideológico y político, consecuencias de gran alcance: toda la
filosofía idealista puede fácilmente vincularse con esta posición
asumida por el complejo social de los intelectuales, y puede definirse
la expresión de esta utopía social por la cual los intelectuales se
crean «independientes», autónomos, revestidos de características
propias, etc. Hay que observar, sin embargo, que si el papa y la
alta jerarquía de la Iglesia se creen más ligados a Cristo y a los
apóstoles de lo que puedan estarlo a los senadores Agnelli y Benni,
esto no es aplicable a Gentile y Croce, por ejemplo; Croce, sobre todo,
se siente fuertemente ligado a Aristóteles y a Platón, pero tampoco
disimula su ligazón a los senadores Agnelli y Benni, y en ello
precisamente reside la característica más relevante de la filosofía de
Croce. (1)
Para esclarecer este punto, es conveniente examinar los Elementi di
scienza política (nueva edición aumentada de 1923), de Mosca. La
denominada “clase política” de Mosca no era otra cosa que la categoría
intelectual del grupo social dominante: el concepto de «clase política»
de Mosca debe aproximarse al concepto de Pareto, que es otro intento de
interpretar el fenómeno histórico de los intelectuales y su función en
la vida estatal y social. El libro de Mosca es una enorme miscelánea de
carácter sociológico y positivista con la tendenciocidad de la política
inmediata que lo hace menos indigesto y literariamente más vivaz. (2)
Para una categoría de estos intelectuales, la más importante tal vez
después de la «eclesiástica», por el prestigio y la función social que
ha desempeñado en las sociedades primitivas la categoría de los médicos
en sentido lato, es decir, de todos aquellos que «luchan» o demuestran
luchar contra las enfermedades y la muerte- será preciso confrontar la
Storia decía medicina, de Arturo- Castiglioní. Recuérdese que ha
habido conexión entre la religión y la medicina, y todavía sigue
habiéndole en ciertas zonas: hospitales a cargo de religiosos por
ciertas funciones organizativas, aparte del hecho que donde aparece el
médico aparece el cura (exorcismos, asistencias diversas, etc.). Muchas
grandes figuras religiosas también eran y fueron concebidas como
grandes «terapeutas»: la idea del milagro hasta en la resurrección de
los muertos. Hasta para los reyes subsistió durante largo tiempo la
creencia de que curasen con la imposición. de manos, etc. (3) De ahí
ha nacido la acepción general de «intelectual» o de «especialista», de
la palabra «clérigo», en muchas lenguas de origen neolatino o
fuertemente influenciadas, a través del latín de la Iglesia, por las
lenguas neolatinas, con su correlativo de «laico» en el sentido de
profano, no especialista.
Todos los hombres son intelectuales ¿Cuáles
son los límites «máximos» de la acepción de «intelectual»? ¿Puede
hallarse un criterio unitario para caracterizar del mismo modo a todas
las diferentes y dispares actividades intelectuales y para distinguir a
éstas a la vez y de forma esencial de las demás agrupaciones sociales?
El error metódico más difundido me parece que consiste en haber buscado
este criterio de distinción dentro de las actividades intelectuales en
vez de hacerlo en el conjunto del sistema de relaciones en que tales
actividades (y por tanto los grupos que las representan) vienen a
encontrarse en el conjunto general de las relaciones sociales. Y en
cambio el obrero o proletario, por ejemplo, no se caracteriza
específicamente por el trabajo manual o instrumental, sino por este
mismo trabajo en determinadas condiciones y en determinadas relaciones
sociales (dejando a un lado la consideración de que no existe trabajo
puramente físico y que incluso la expresión de Taylor de «gorila
amaestrado» es una metáfora para indicar un límite en una cierta
dirección: en cualquier trabajo físico, incluso en el más mecánico y
degradado, existe un mínimo de cualificación técnica, es decir, un
mínimo de actividad intelectual creadora). Y ya hemos observado que el
empresario, por su misma función, debe poseer en cierta medida un
cierto número de cualificaciones de carácter intelectual, aunque su
figura social no esté determinada por ellas sino por las relaciones
generales sociales que precisamente caracterizan la posición del
empresario en la industria. Todos los hombres son intelectuales,
podría decirse por tanto; mas no todos los hombres tienen en la
sociedad la función de intelectuales. (4) Cuando se distingue entre
intelectuales y no intelectuales, en realidad nos referimos tan sólo a
la inmediata función social de la categoría profesional de los
intelectuales, es decir, nos atenemos a la dirección en la que gravita
el peso mayor de la actividad específica profesional, si en la
elaboración intelectual o en el esfuerzo muscular-nervioso. Esto
quiere decir que, si puede hablarse de intelectuales, no puede hacerse
lo mismo de los no intelectuales, porque los no intelectuales no
existen. Pero la misma relación entre esfuerzo de elaboración
intelectual-cerebral y esfuerzo muscular-nervioso que es siempre igual,
de donde resultan diferentes grados de actividad específica
intelectual. No hay actividad humana de la que pueda excluirse toda
intervención intelectual, no puede separarse al homo faber del homo
sapiens. Finalmente, todo ser humano desarrolla fuera de su profesión
cualquier actividad intelectual, es decir, es un «filósofo», un
artista, un hombre de gusto, participa de una concepción del mundo,
tiene una línea consciente de conducta moral, contribuye por tanto a
sostener y a modificar una concepción del mundo, esto es, a suscitar
nuevos modos de pensar. (4)
Porque puede suceder que cualquiera en cierto momento se fría un par de
huevos o se cosa un botón de la chaqueta, y no por eso haya de decirse
que todos somos cocineros y sastres. La creación de una nueva casta intelectual El
problema de la creación de una nueva casta intelectual apunta por tanto
a elaborar críticamente la actividad intelectual. que existe en todos
en cierto grado de desarrollo, modificando su relación con el esfuerzo
muscular-nervioso hacia un nuevo equilibrio y consiguiendo que el mismo
esfuerzo muscular-nervioso, en cuanto elemento de actividad práctica
general, que innova perpetuamente el mundo físico y social, devenga en
fundamento de una nueva e integral concepción del mundo. El tipo
tradicional y vulgarizado de intelectual está representado por el
letrado, el filósofo, el artista. Por tanto los periodistas, que se
creen literatos, filósofos, artistas, piensan ser también los
«verdaderos» intelectuales. En el mundo moderno, la educación técnica,
estrechamente ligada al trabajo industrial incluso el más primitivo y
descualificado, debe formar la base del nuevo tipo de intelectual. Sobre
esta base ha trabajado el semanal «Ordine Nuovo» para desarrollar
ciertas formas de nuevo intelectualismo y para determinar sus nuevos
conceptos, la cual no ha sido una de las menores razones de su éxito,
puesto que tal planteamiento correspondía a aspiraciones latentes y era
conforme al desarrollo de las formas reales de vida. El modo de ser
del nuevo intelectual no puede residir ya en la elocuencia, motor
exterior y momentáneo de los afectos y de las pasiones, sino en el
inmiscuirse activamente en la vida práctica, como constructor,
organizador, «persuasor permanente» y no puro orador -y sin embargo
superior al espíritu abstracto matemático; de la técnica-trabajo llega
a la técnica-ciencia y a la concepción humanístico-histórica, sin la
cual se queda uno «especialista» sin pasar a «dirigente» (especialista
+ político). Se forman así históricamente categorías especializadas
para el ejercicio de la función intelectual; se forman en conexión con
todos los grupos sociales pero especialmente con los grupos sociales
más importantes, y experimentan elaboraciones más extensas y complejas
en conexión con el grupo social dominante. Una de las características
más relevantes de todo grupo que se desarrolla hacia el dominio en su
lucha por la asimilación y la conquista «ideológica» de los
industriales tradicionales, asimilación y conquista que es tanto más
rápida y eficaz cuando más elabora simultáneamente el grupo dado a sus
propios intelectuales orgánicos. La organización escolar El
enorme desarrollo adquirido por la actividad y la organización escolar
(en sentido lato) en las sociedades surgidas del mundo medieval indica
la importancia que han asumido en el mundo moderno las categorías y las
funciones intelectuales: del mismo modo que se ha tratado de
profundizar y dilatar la «intelectualidad» de cada individuo, así se ha
tratado también de multiplicar las especializaciones y de afinarlas.
Esto resulta de las instituciones escolares de diverso grado hasta los
organismos para promover la denominada «alta cultura», en cualquier
campo de la ciencia y de la técnica. La escuela es el instrumento
para elaborar a los intelectuales de diferente grado. La complejidad
de la función intelectual en los diferentes Estados puede medirse
objetivamente por la cantidad de escuelas especializadas y por la
jerarquización de las mismas: cuanto más extensa sea el área de la
enseñanza y más numerosos los «grados» «verticales» de la escuela,
tanto más complejo será el mundo cultural, la civilización, de un
determinado Estado. Podemos encontrar un término de comparación en la
esfera de la técnica industrial: la industrialización de un país se
mide por su equipamiento en la construcción de máquinas para construir
máquinas y en la fabricación de instrumentos cada vez más precisos para
construir máquinas e instrumentos. para construir máquinas, etc. El
país que dispone del mejor equipo para construir instrumentos para los
gabinetes experimentales de los científicos y para construir
instrumentos destinados a comprobar dichos instrumentos, puede decirse
el más complejo en el campo técnico-industrial, el más civilizado,
etcétera. Lo mismo ocurre en la preparación de los intelectuales y en
las escuelas dedicadas a esta preparación; escuelas e institutos de
alta cultura son asimilables. Incluso en este campo tampoco puede
separarse la cantidad de la calidad. A la más refinada especialización
técnico-cultural no puede no corresponder la mayor extensión posible de
la difusión de la enseñanza primaria y la mayor solicitud para
favorecer los grados intermedios en el mayor número posible.
Naturalmente, esta necesidad de crear una base lo más amplia posible
para la selección y la elaboración de las cualificaciones intelectuales
más altas -es decir, de darle a la alta costura y a la técnica superior
una estructura democrática- no deja de tener inconvenientes: se crea
así la posibilidad de dilatadas crisis de desocupación de las capas medias de intelectuales, como ocurre de hecho en todas las sociedades modernas. Hay
que puntualizar que la elaboración de las castas intelectuales en la
realidad concreta no se produce sobre un terreno democrático abstracto,
sino según procesos históricos tradicionales muy concretos. Se han
formado castas que tradicionalmente «producen» intelectuales, que
coinciden con los que normalmente están especializados en el «ahorro»,
es decir, la pequeña y media burguesía fundista y varias capas de la
pequeña y media burguesía ciudadana. La diferente distribución de los
diversos tipos de escuelas (clásicas y profesionales) en el territorio
«económico» y las diferentes aspiraciones de las diversas categorías de
estas capas determinan o dan forma a la producción de las diversas
ramas de especialización intelectual. Así en Italia la burguesía rural
produce especialmente funcionarios estatales y profesionales libres,
mientras la burguesía ciudadana produce técnicos para la industria: y
por eso la Italia meridional produce especialmente funcionarios y
profesionales. La relación entre intelectuales y producción La
relación entre los intelectuales y el mundo de la producción no es
inmediata, como acontece para los grupos sociales fundamentales, sino
«mediada», en diverso grado, por todo el entramado social, por el
complejo de las sobrestructuras, de las que precisamente los
intelectuales son los «funcionarios». Podría medirse la «organicidad»
de los diferentes estratos intelectuales, su conexión más o menos
estrecha con un grupo social fundamental, estableciendo una gradación
de las funciones y de las sobrestructuras de abajo arriba (de la base
estructural hacia arriba). Pueden por ahora fijarse dos grandes
«planos» sobreestructurales, uno que puede llamarse «de la sociedad
civil», es decir, del conjunto de organismos vulgarmente llamados
«privados» y el de la «sociedad política o Estado», y que corresponden
a la función de «hegemonía» que ejerce el grupo dominante en toda la
sociedad y a la de «dominio directo» o di mando, que se expresa en el
Estado y en el gobierno «jurídico». Estas funciones son precisamente
organizativas y conexivas. Los intelectuales son los «delegados» del
grupo dominante para el ejercicio de las funciones subalternas de la
hegemonía social y del gobierno político, es decir: l) del consenso
«espontáneo» dado por las grandes masas de la población a la
orientación que imprime a la vida social el grupo fundamental
dominante, consenso que nace «históricamente» del prestigio (y por
tanto de la confianza) que se deriva para el grupo dominante de su
posición y de su función en el mundo de la producción; 2) del aparato
de coerción estatal que asegura «legalmente» la disciplina de aquellos
grupos que no «conserven» ni activa ni pasivamente, pero que está
constituido por toda la sociedad en previsión de los momentos de crisis
en el mando y en la dirección en la que disminuye el consenso
espontáneo. Este planteamiento del problema da como resultado una
considerable ampliación del concepto de intelectual, pero es el único
camino para llegar a una aproximación concreta de la realidad. Este
modo de plantear la cuestión choca contra preconceptos de casta: es
cierto que la misma función organizativa de la hegemonía social y del
dominio estatal da lugar a una cierta división del trabajo y por tanto
a toda una escala de cualificaciones, en alguna de las cuales no
aparece ya ninguna atribución directiva y organizativa: en el aparato
de dirección social y estatal existe toda una serie de ocupaciones de
carácter manual e instrumental (de orden y no de concepto, de agente y
no de oficial o funcionario, etc.); pero evidentemente es preciso hacer
esta distinción, como habrá que hacer también alguna otra. De hecho,
la actividad intelectual debe distinguirse en grados incluso desde el
punto de vista intrínseco, grados que en los momentos de extrema
oposición dan una verdadera y propia diferencia cualitativa: en el
escalón más alto deberán situarse los creadores de las diferentes
ciencias, de la filosofía, del arte, etc.; en el más bajo, los más
humildes «administradores» y divulgadores de la riqueza intelectual ya
existente, tradicional, acumulada. (5) En el mundo moderno, la
categoría de intelectuales así entendida se ha ampliado de modo
inaudito. Se han elaborado por el sistema social
democrático-burocrático masas imponentes, no todas justificadas por la
necesidad social de la producción, aunque estén justificadas por las
necesidades políticas del grupo fundamental dominante. Por tanto la
concepción loriana del «trabajador» improductivo (¿pero improductivo
por referencia a quién y a qué modo de producción?), que en parte
podría justificarse si se tiene en cuenta que estas masas gozan de su
posición para hacerse asignar ganancias enormes sobre la renta
nacional. La formación de masa ha estandarizado a los individuos como
cualificación individual y como psicología, determinando los mismos
fenómenos que en todas las demás masas estandarizadas: competencia que
plantea la necesidad de la organización profesional de defensa,
desocupación, superproducción escolar, emigración, etc. Posición
diferente de los intelectuales de tipo urbano y de tipo rural. Los
intelectuales de tipo urbano han crecido con la industria y están
ligados a sus fortunas. Su función puede parangonarse a la de los
oficiales subalternos de que del ejército: carecen de toda iniciativa
autónoma en la elaboración de los planes de construcción, ponen en
relación, articulándola, a la masa instrumental con el empresario,
elaboran la ejecución inmediata del plan de producción establecidos por
el estado mayor de la industria, controlando sus fases elementales de
trabajo. En su media general, los intelectuales urbanos están muy
estandarizados; los altos intelectuales urbanos se confunden cada vez
más con el verdadero y propio estado mayor industrial. Los
intelectuales de tipo rural son en su mayoría “tradicionales”, es
decir,. Ligados a la masa social campesina y al pequeño burgués de
ciudad (especialmente de los centros menores), todavía no elaborada y
puesta en movimiento por el sistema capitalista: este tipo de
intelectual pone en contacto a la masa de campesinos con la
administración estatal y local (abogados, notarios, etc.) y por esta
misma función tiene una gran función político-social, puesto que la
mediación profesional difícilmente pueda separarse de la mediación
política. Además, en el campo el intelectual (sacerdote, abogado,
maestro, notario, médico, etc.) goza de un tenor de vida superior o al
menos diferente del medio campesino, y por ello representa un modelo
social en la aspiración a salir de su condición y a mejorarla. El
campesino piensa siempre que al menos uno de sus hijos podría llegar a
ser intelectual (especialmente cura), es decir, convertirse en un
señor, elevando el grado social de la familia y facilitando la vida
económica con las influencias que ganará entre los demás señores. El
comportamiento del campesino hacia el intelectual es doble y, en
apariencia, contradictorio; admira la posición social del intelectual y
en general del empleado estatal, pero en ocasiones finge despreciarla,
es decir, su admiración está instintivamente impregnada de elementos de
envidia y de rabia apasionada. No se comprende nada de la vida
colectiva de los campesinos ni de los gérmenes y fermentos que la
envuelven si no se tiene en cuenta, estudiándola concretamente y en
profundidad, esta subordinación efectiva a los intelectuales: todo
desarrollo orgánico de las masas campesinas está ligado hasta cierto
punto a los movimientos de los intelectuales y depende de ellos. Diversamente
sucede con los intelectuales urbanos: los técnicos de fábrica no
desarrollan ninguna función política sobre sus masas instrumentales, o
al menos esto constituiría una fase superior; a veces ocurre
precisamente lo contrario, que las masas instrumentales, al menos a
través de sus problemas intelectuales orgánicos, ejercen un influjo
político sobre los técnicos. El punto central de la cuestión sigue
siendo la distinción entre intelectuales como categoría orgánica de
todo grupo social fundamental, e intelectuales como categoría
tradicional; distinción de la que brota toda una serie de problemas y
de posibles indagaciones históricas. (5)
El organismo militar ofrece también en este caso un modelo de estas
complejas graduaciones: oficiales subalternos, oficiales superiores,
Estado Mayor, y no hay que olvidar a los grados de tropa, cuya
importancia real es superior de lo que normalmente se cree. Es
interesante hacer notar que todas estas partes se sienten solidarias y
que incluso los rangos inferiores manifiestan un espíritu de cuerpo más
acusado, del que arrastran un “orgullo” que con frecuencia los expone a
los chascarrillos y a las mofas. El partido político y los intelectuales El
problema más interesante es el que hace referencia, visto desde este
punto de vista, al partido político moderno, a sus orígenes reales, a
su desarrollo, a sus formas. ¿Qué hay del partido político en orden al
problema de los intelectuales? Conviene hacer varias distinciones: 1)
para algunos grupos sociales, el partido político no es otra cosa que
el modo propio de elaborar la propia categoría de intelectuales
orgánicos, que se forman así (y no pueden no formarse, dados los
caracteres generales y las condiciones de formación, de vida y de
desarrollo del grupo social dado) directamente en el campo político y
filosófico y no en el campo de la técnica productiva: (6) 2) el partido
político, para todos los grupos, constituye precisamente el mecanismo
que cumple en la vida civil la misma función que el Estado en la
sociedad política, es decir, procura efectuar la soldadura entre
intelectuales orgánicos de un determinado grupo, el dominante, y los
intelectuales tradicionales; y esta función la cumple el partido
precisamente en dependencia con su función fundamental, que es la de
elaborar a sus componentes, elementos de un grupo social que ha nacido
y se ha desarrollado como “económico”, hasta convertirlos en
intelectuales políticos cualificados, dirigentes, organizadores de
todas las actividades y funciones inherentes al desarrollo orgánico de
una sociedad integral, civil y política. Puede decirse incluso que el
partido político cumple, en su ámbito, su función de una forma más
diligente y orgánica que el Estado la suya en un ámbito más amplio: un
intelectual que entra a formar parte del partido político de un
determinado grupo social, se confunde con los intelectuales orgánicos
del mismo grupo, se une estrechamente al grupo, lo que no ocurre
mediante la participación en la vida estatal más que de un modo
mediocre y, a veces, omiso por completo. Es más, ocurre que muchos
intelectuales piensan que son el Estado: creencia que, dado el enorme
peso de su categoría, tiene a veces consecuencias notables y lleva a
complicaciones desagradables para el grupo fundamentalmente económico
que realmente es el Estado. Que todos los miembros de un partido
político deban considerarse como intelectuales, es una afirmación que
puede prestarse a la burla y a la caricatura; y sin embargo, si se
reflexiona, nada es más exacto. Habrá que hacer una distinción de
grados, un partido podrá tener una mayor o menor composición del grado
más alto o del más bajo, pero eso no es lo que importa: importa la
función que es directiva y organizativa, o sea educativa, o sea
intelectual. Un comerciante no entra a formar parte de un partido para
hacer comercio, ni un industrial para producir más y a menor costo, ni
un campesino para aprender nuevos métodos de cultivo, aunque algunos
aspectos de estas exigencias del comerciante, del industrial y del
campesino puedan verse satisfechas en el partido político (7). Para
estos objetivos, dentro de ciertos límites, está el sindicato
profesional, en el que la actividad económico-corporativa del
comerciante, del industrial y del campesino encuentra su marco más
adecuado. En el partido político, los elementos de un grupo social
económico superan este momento de su desarrollo histórico y pasan a ser
agentes de actividades generales, de carácter nacional e internacional.
Esta función del partido político debería esclarecerse aún más mediante
un análisis concreto sobre el modo como se han desarrollado las
categorías orgánicas de los intelectuales y las tradicionales, ya sea
en el terreno de las diferentes historias nacionales, ya en el del
desarrollo de los diversos grupos sociales más importantes en el marco
de las diferentes naciones; especialmente de aquellos grupos cuya
actividad económica ha sido prevalentemente instrumental. (6)
En el campo de la técnica productiva se forman esos rangos que puede
decirse corresponden a los “graduados de tropa” en el Ejército, es
decir, a los obreros cualificados y especializados en la ciudad y, de
un modo más complejo, a los aparceros y colonos en el campo, ya que el
aparcero y el colono en general corresponden más bien al tipo artesano,
que es el obrero cualificado de una economía medieval. (7) La
opinión general contradice esta afirmación, manifestando que el
comerciante, el industrial y el campesino que “politiza” pierde en vez
de ganar, y que es el peor de su categoría, lo que puede discutirse. Conexión entre el sentido común, la religión y la filosofía [...]
Pero a este punto se plantea el problema fundamental de toda concepción
del mundo, de toda filosofía que se haya convertido en movimiento
cultural, en una “religión”, una “fe”, es decir, que haya producido una
actividad práctica y una voluntad y esté contenida en ellas como
“premisa” teórica implícita (una “ideología” podría decirse, si al
término ideología se le da precisamente el significado más alto de una
concepción del mundo que se manifiesta implícitamente en el arte, en el
derecho, en la actividad económica, en todas las manifestaciones de
vida individuales y colectivas) -es decir, el problema de conservar la
unidad ideológica en todo el bloque social, cimentado y unificado
precisamente por esa determinada ideología. La fuerza de las religiones
y sobre todo de la Iglesia Católica ha consistido y consiste en que
sienten enérgicamente la necesidad de unión doctrinal de toda la masa
“religiosa” y luchan para que las capas superiores intelectualmente no
se separen de las inferiores. La Iglesia Romana ha sido siempre la más
tenaz en la lucha para impedir que “oficialmente” se formen dos
religiones, la de los “intelectuales” y la de las “almas sencillas”.
Esta lucha no ha dejado de tener graves inconvenientes para la misma
Iglesia, pero tales inconvenientes están ligados al proceso histórico
que transforma toda la sociedad civil y que contiene en bloque toda una
crítica corrosiva de las religiones; tanto más resalta la capacidad
organizadora en la esfera de la cultura del clero y la relación
abstractamente justa y racional que la Iglesia ha sabido establecer en
su ámbito entre intelectuales y gente sencilla. Los jesuitas han sido
sin duda los mayores artífices de este equilibrio, y para conservarlo
han imprimido a la Iglesia un movimiento progresivo tendiente a dar
ciertas satisfacciones a las exigencias de la ciencia y de la
filosofía, pero con un ritmo tan lento y metódico que los cambios no
son captados por la masa de los simples, aunque aparezcan
“revolucionarios” y demagógicos a los “integralistas”. Una de las
mayores debilidades de las filosofías inmanentistas en general consiste
precisamente en no haber sabido crear una unidad ideológica entre los
de arriba y los de abajo, entre los “simples” y los intelectuales. En
la historia de la civilización occidental, el hecho se ha verificado a
escala europea, con el “crac” inmediato del Renacimiento y en parte
también de la Reforma en lo que respecta a la Iglesia Romana. Esta
debilidad se manifiesta en la cuestión de la enseñanza en cuanto a que
no se ha tratado siquiera de construir a partir de las filosofías
inmanentistas una concepción que pudiese sustituir a la religión en la
educación infantil, de ahí el sofisma seudo-historicismo por el que
pedagogos religiosos (aconfesionales) y en realidad ateos, admiten la
enseñanza de la religión, porque la religión es la filosofía de la
infancia de la humanidad que se renueva en toda infancia no metafórica.
El idealismo se ha mostrado también contrario de los movimientos
culturales de “acercamiento al pueblo”, que se manifestaron en las
denominadas Universidades Populares e instituciones similares, y no
sólo por su aspecto deteriorado, porque en tal caso sólo deberían
tratar de hacerlo lo mejor posible. No obstante, estos movimientos eran
dignos de interés, y merecían ser repudiados: tuvieron suerte, en el
sentido de que demostraron por parte de los “simples” un entusiasmo
sincero y un fuerte deseo de elevarse a una superior forma de cultura y
de concepción del mundo. Faltaba en ellos, empero, una organicidad
tanto de pensamiento filosófico como de firmeza organizativa y de
centralización cultural: se tenía la impresión de que evocarían, en su
desarrollo, los primeros contactos entre los mercaderes ingleses y los
negros de África: se daban artículos de pacotilla por pepitas de oro.
Por otra parte, la organicidad del pensamiento y la solidez cultural
sólo podían tenerse si entre los intelectuales y los simples hubiera
habido la misma unidad que debe haber entre teoría y práctica, es
decir, si los intelectuales hubieran sido orgánicamente los
intelectuales de aquellas masas, esto es, si hubieran elaborado y dado
coherencia a los principios y problemas que planteaban aquellas masas
con su actividad práctica, construyendo así un bloque cultural y
social. Se representaba la misma cuestión a que ya hemos aludido: ¿un
movimiento filosófico que es solo tal en cuanto se aplica a desarrollar
una cultura especializada para grupos restringidos de intelectuales, o,
en cambio, tan solo cuanto, en el trabajo de elaboración de un
pensamiento superior al sentido común y científicamente coherente, no
se olvida nunca de permanecer en contacto con los “simples” e incluso
encuentra en este contacto la fuente de los problemas que han de
estudiarse y resolverse? Solo por este contacto una filosofía deviene
“histórica”, se depura de los elementos intelectuales de naturaleza
individual y se hace “vida”. (1) Una filosofía de la praxis no puede
evitar presentarse inicialmente en una actitud polémica y crítica, como
superación del modo anterior de pensar y del concreto pensamiento
existente (o mundo cultural existente). Por consiguiente, ante todo
como crítica del “sentido común” (después de haberse basado en el
sentido común para demostrar que “todos” son filósofos y que no es
cuestión de introducir ex novo una ciencia en la vida individual de
“todos”, sino de innovar y hacer “crítica” una actividad ya existente)
y, por tanto, de la filosofía de los intelectuales, que ha dado lugar a
la historia de la filosofía, y que, en cuanto individual (y se
desarrolla efectivamente, sobre todo en la actividad de los individuos
singulares, particularmente dotados) puede considerarse como la “punta”
de progreso del sentido común, por lo menos del sentido común de las
capas más cultas de la sociedad, y a través de estas también del
sentido común popular. He aquí, por tanto, que un aprontamiento al
estudio de la filosofía debe exponer sintéticamente los problemas
surgidos en el proceso de desarrollo de la cultura general, que se
refleja sólo parcialmente en la historia de la filosofía, que no
obstante, en ausencia de una historia del sentido común (imposible de
construir por la ausencia del material documentario) queda la fuente
máxima de referencia -para criticarlos, demostrar el valor de los
mismos (si todavía lo tienen) o el significado que han tenido como
anillos superados de una cadena y fijar los problemas nuevos actuales o
el planteamiento actual de los viejos problemas. La relación entre
filosofía “superior” y sentido común está asegurada por la “política”,
del mismo modo que está asegurada también por la política la relación
entre el catolicismo de los intelectuales y el de los “simples”. Las
diferencias, en ambos casos, son, empero, fundamentales. Que la Iglesia
deba afrontar un problema de los “simples” significa precisamente que
ha habido una ruptura en la comunidad de los “fieles”, ruptura que no
puede subsanarse elevando a los “simples” a nivel de los intelectuales
(la Iglesia ni siquiera se propone este objetivo, ideal y
económicamente desproporcionado a sus fuerzas actuales), sino con una
disciplina de hierro sobre los intelectuales para que no rebasen
ciertos límites en la distinción y no la hagan catastrófica e
irreparable. En el pasado, estas (rupturas) en la comunidad de los
fieles eran subsanadas por fuertes movimientos de masa, que
determinaban la formación de nuevas órdenes religiosas -o eran
resumidos en las mismas- en torno de fuertes personalidades (Domingo,
Francisco). (2) Pero la contrareforma esterilizó este pulular de
fuerzas populares: la Compañía de Jesús fue última gran orden
religiosa, de origen reaccionario y autoritario, con carácter represivo
y “diplomático” que ha rubricado con su nacimiento la rigidez del
organismo católico. Las nuevas órdenes surgidas después tienen
escasísimo significado “religioso” y un gran significado
“disciplinario” sobre la masa de los fieles, son ramificaciones y
tentáculos de la Compañía de Jesús y se han convertido en tales, en
instrumentos de “resistencia” para conservar las posiciones políticas
adquiridas, no son fuerzas renovadoras del desarrollo. El catolicismo
se ha convertido en “jesuitismo”. El modernismo no ha creado “órdenes
religiosas” sino un partido político, la democracia cristiana.(3) La
posición de la filosofía de la praxis es antitética a la católica: la
filosofía de la praxis no tiende a mantener a los “simples” en su
filosofía primitiva del sentido común, sino a conducirles en cambio, a
una concepción superior de la vida. Se afirma la existencia del
contacto entre intelectuales y simples con objeto no de limitar la
actividad científica y de mantener una unidad al bajo nivel de las
masas, sino precisamente para construir un bloque intelectual-moral que
haga políticamente posible un progreso intelectual de masa y no tan
solo de escasos grupos intelectuales. (1)
Acaso sea útil “prácticamente distinguir la vieja filosofía del sentido
común para indicar mejor el paso de un momento al otro: en la filosofía
se hallan especialmente acentuados los caracteres de elaboración
individual del pensamiento; en el sentido común, en cambio, los
caracteres difusos y dispersos de un pensamiento genérico de una
determinada época en un determinado ambiente popular. Pero toda
filosofía tiende a devenir sentido común de un ambiente restringido (de
todos los intelectuales). Se trata por tanto de elaborar una filosofía
que, habiendo alcanzado ya una difusión o expansividad por estar ligada
a la vida práctica e implícita en ella, devenga en renovado sentido
común con la coherencia y el nervio de las filosofías individuales;
esto no puede ocurrir si deja de sentirse la exigencia del contacto
cultural con los “simples”. (2) Los movimientos heréticos de la Edad
Media como reacción simultánea al politicismo de la Iglesia y a la
filosofía escolástica -que fue una expresión de dicho politicismo-,
sobre la base de los conflictos sociales determinados a partir del
nacimiento de las Comunas, han constituido una ruptura entre masa e
intelectuales en la Iglesia, “cicatrizada” con el surgimiento de
movimientos populares religiosos reabsorbidos por la Iglesia en la
formación de las órdenes mendicantes y en una nueva unidad religiosa. (3)
Recuérdese la anécdota (narrada por Steed en sus Memorias) del cardenal
que explica al protestante inglés filo-católico que los milagros de San
Genaro son artículos de fe para el vulgo napolitano, no para los
intelectuales, que también en el Evangelio hay “exageraciones” y a la
pregunta: “Pero ¿no somos cristianos?” responde: “Somos “prelados” es
decir “políticos” de la Iglesia de Roma.” Intelectuales y pueblo Paso
del saber al comprender, al sentir, y viceversa, del sentir al
comprender, al saber. El elemento popular “siente”, pero no siempre
comprende y sabe; el elemento intelectual “sabe”, pero no siempre
comprende y especialmente siente. Los dos extremos son, por tanto, la
pedantería y el filisteísmo de una parte y la pasión ciega y el
sectarismo de la otra. No es que el pedante no pueda ser apasionado,
mas la pedantería apasionada es tan ridícula y peligrosa como el
sectarismo y la demagogia más desenfrenada. El error del intelectual
consiste en creer que se puede saber sin comprender y especialmente sin
sentir y ser apasionado (no sólo del saber en sí mismo, sino por el
objeto de saber), eso es, que el intelectual pueda ser tal (y no un
puro pedante) siendo a la vez distinto y distanciado del pueblo-nación,
es decir, sin sentir las pasiones elementales del pueblo,
comprendiéndolas y luego explicándolas y justificándolas en la
situación histórica en cuestión, y relacionándolas dialécticamente con
las leyes de la historia, con una superior concepción del mundo,
científicamente y coherentemente elaborada, con el “saber”; no se hace
política historia sin esta pasión, es decir, sin esta conexión
sentimental entre intelectuales y pueblo-nación. En ausencia de tal
nexo, las relaciones del intelectual con el pueblo-nación son o se
reducen a relación de orden puramente burocrático, formal; los
intelectuales se convierten en una casta o un sacerdocio (denominado
centralismo orgánico). Si la relación entre intelectuales y pueblo-nación, entre dirigentes y dirigidos -entre
gobernantes y gobernados- está dada por una adhesión orgánica en la que
el sentimiento-pasión deviene comprensión y por tanto saber (no de un
modo mecánico, sino viviente), sólo entonces se da una relación de
representación, y se produce el intercambio de elementos individuales
entre gobernantes y gobernados, entre dirigentes y dirigidos, esto es,
se realiza la vida de conjunto que es, exclusivamente, la fuerza
social; se crea el “bloque histórico”. El partido, moderno Príncipe 1-
El moderno príncipe, el mito-príncipe, no puede ser una persona real,
un individuo concreto; sólo puede ser un organismo; un elemento de
sociedad complejo en el que ya se haya iniciado la concreción de una
voluntad colectiva reconocida y se haya afirmado parcialmente en la
acción. Este organismo está ya dado por el desarrollo histórico y es el
partido político: la primera célula en la que se resumen gérmenes de
voluntad colectiva que tienden a convertirse en universales y totales. 2-
El partido político. Se ha afirmado que el protagonismo del nuevo
Príncipe no podría ser en la época moderna un héroe real, sino el
partido político, es decir, de vez en vez y en las diversas relaciones
internas de las diferentes naciones, aquel partido que pretende (y ha
sido racional e históricamente fundando para este fin) fundar un nuevo
tipo de Estado Partido, reforma intelectual y moral, reforma económica Una
parte importante del moderno Príncipe deberá dedicarse a la cuestión de
una reforma intelectual y moral, es decir, a la cuestión religiosa o de
una concepción del mundo. También en este campo encontramos en la
tradición ausencia de jacobismo y miedo al jacobismo (la última
expresión filosófica de este miedo es la actitud maltusiana de B. Croce
respecto de la religión). El moderno Príncipe debe y no puede no ser el
portavoz y el organizador de una reforma intelectual y moral, lo cual
significa además crear el terreno para un desarrollo ulterior de la
voluntad colectiva nacional-popular hacia el cumplimiento de una forma
superior y total de civilización moderna. Estos dos puntos
fundamental: formación de una voluntad colectiva nacional-popular, de
la que el moderno Príncipe es a la vez organizador y expresión activa y
operante, y reforma intelectual y moral, deberían constituir la
estructura del trabajo. Los puntos concretos del programa deben
incorporarse a la primera parte, es decir, deberían resultar
“dramáticamente” del discurso, no ser una fría y pedante exposición de
raciocinios. ¿Puede haber una reforma cultural, es decir, elevación
social de las capas deprimidas de la sociedad, sin una reforma
económica precedente y un cambio en la posición social y en el mundo
económico? Por eso una reforma intelectual y moral no puede sino estar
ligada a un programa de reforma económica, o más bien el programa de
reforma económica es precisamente la forma concreta con que se presenta
toda reforma intelectual y moral. El moderno príncipe, al
desarrollarse, trastorna todo el sistema de relaciones intelectuales y
morales en cuanto que su desarrollo significa precisamente que todo
hecho se concibe como útil o perjudicial, como virtuoso o maligno, sólo
en cuanto tiene como punto de referencia al mismo moderno Príncipe y
sirve para incrementar su poder o para oponerse a él. El Príncipe ocupa
en las conciencias el puesto de la divinidad o del imperativo
categórico, se convierte en la base de un laicismo moderno y de una
completa laicación de toda la vida y de todas las relaciones de
comportamiento intersocial. La Universidad popular Tenemos
aquí delante el programa de la Universidad popular para el primer
período 1916-17. Cinco cursos: tres dedicados a las ciencias naturales,
uno de literatura italiana, otro de filosofía. Seis conferencias sobre
temas diversos: tan sólo dos de ellas, por el título, garantizan una
cierta seriedad. A veces nos preguntamos por qué no ha sido posible
asentar en Turín un organismo para la divulgación de la cultura, el por
qué la universidad popular ha quedado en la miseria que es, y no haya
logrado imponerse a la atención, al respeto y al amor del público, el
porqué no haya conseguido formarse un público. La respuesta no es
fácil, o es demasiado fácil. Problema de organización, sin duda, y de
criterios informativos. La mejor respuesta debería consistir en hacer
algo mejor, en la demostración concreta de que se puede hacer mejor y
que es posible reunir en torno a un foco de cultura un público, siempre
que este foco sea vivo y caldee de verdad. En Turín, la Universidad
popular es una llama fría. No es ni universidad, ni popular. Sus
dirigentes son unos diletantes en cuestión de organización cultural.
Lo que les mueve a obrar es un blando y pálido espíritu de
beneficencia, no un deseo vivo y fecundo de contribuir a la elevación
espiritual de la multitud a través de la enseñanza. Como en los
institutos de vulgar beneficencia distribuyen en la escuela espuertas
de víveres que llenan el estómago, producen tal vez indigestiones al
estómago, pero no dejan rastro, no van seguidos de una vida nueva, de
una vida diversa. Los dirigentes de la Universidad popular saben que
la institución que dirigen debe servir para una determinada categoría
de personas, la cual no ha podido seguir los cursos regulares en las
escuelas. Y nada más. No se preocupan en absoluto de buscar el modo
más eficaz para acercar a esta categoría de personas al mundo de los
conocimientos. Encuentran un modelo en los institutos de cultura ya
existentes: lo copian, lo empeoran. Se hacen más o menos este
razonamiento: el que frecuenta los cursos de la Universidad popular
tiene la edad y la formación general de quien asiste a las
universidades públicas: démosle por tanto un equivalente. Y pasan por
alto todo lo demás. No piensan que la universidad es la desembocadura
natural de todo un laborío precedente: no piensan que el estudiante,
cuando llega a la universidad, ha pasado por todas las experiencias de
las escuelas medias y que en ellas ha disciplinado su espíritu de
indagación, ha refrenado con el método sus impulsos de aprendiz, ha
llegado a ser, en suma, y se ha despabilado lentamente, tranquilamente,
cayendo en errores y realzándose, desviándose y volviendo a tomar el
camino recto. No comprenden estos dirigentes que las nociones,
arrancadas por todo este laborío individual de investigación, no son ni
más ni menos que dogmas, que verdades absolutas. No comprenden que la
Universidad popular, en la forma como la están guiando, se reduce a una
enseñanza teológica, a una renovación de la escuela jesuítica, donde el
conocimiento se presenta como algo definitivo, apodícticamente
indiscutible. Esto no se hace ni siquiera en las universidades
públicas. Ahora estamos persuadidos de que una verdad es fecunda sólo
cuando se ha hecho un esfuerzo para conquistarla. Que no existe en sí
y por sí, sine que ha sido una conquista del espíritu, que es preciso
se reproduzca en cada individuo aquel estado de ansia que ha atravesado
el estudio antes de alcanzarlo. Y, por tanto, los enseñantes que son
maestros dan en la enseñanza una gran importancia a la historia de su
materia en cuestión. Esta representación activa a sus oyentes de la
serie de esfuerzos, errores y victorias a través de los cuales los
hombres han pasado para alcanzar el actual conocimiento, es mucho más
educativa que la exposición esquemática de este mismo conocimiento.
Forma al estudioso, da a su espíritu la elasticidad de la duda metódica
que convierte al diletante en un hombre serio, que purifica la
curiosidad, vulgarmente entendida, y la convierte en estímulo sano y
fecundo de un conocimiento cada vez más perfecto y fecundo. Quien
escribe estas notas habla en parte también por experiencia personal.
De su aprendizaje universitario, recuerda con más intensidad aquellos
cursos en los que el profesor le hizo sentir el laborío de
investigación a través de los siglos para llevar a su perfección el
método de investigación. En el caso de las ciencias naturales, por
ejemplo, todo el esfuerzo, que ha costado liberar el espíritu humano de
los prejuicios y de los apriorismos divinos o filosóficos para llegar a
la conclusión de que las fuentes de agua tienen su origen en la
precipitación atmosférica y no en el mar. Para la filosofía, cómo se
ha llegado al método histórico a través de las tentativas y fallos del
empirismo tradicional, y cómo, por ejemplo, los criterios y las
convicciones que guiaban a Francesco De Sanctis al escribir su historia
de la literatura italiana no eran más que verdades que venían
afirmándose a través de fatigosas experiencias e investigaciones, que
liberaron los espíritus de las escorias sentimentales y retóricas que
contaminaban en el pasado los estudios de literatura. Igual podría
decirse de las demás materias. Esta era la parte más vital del
estudio: este espíritu recreativo, que hacía asimilar los datos
enciclopédicos, que los fundía en una llama ardiente de nueva vida
individual. La enseñanza, impartida de este modo, se convierte en
acto de liberación. Poseo la fascinación de todas las cosas vitales.
Debe afirmar especialmente su eficacia en las Universidades populares,
cuyos asistentes adolecen precisamente de falta de esa formación
intelectual necesaria para poder encuadrar en un todo organizado cada
uno de los datos de la investigación. Para ellos, especialmente, lo
más eficaz e interesante es la historia de la investigación, la
historia de esta enorme epopeya del espíritu humano, que lentamente,
pacientemente, tenazmente toma posesión de la verdad, conquista la
verdad. Cómo se llega del error a la certeza científica. Es el camino
que todos deben recorrer. Mostrar cómo lo han recorrido los demás es
la enseñanza más fecunda en resultados. Es. entre otras cosas, una
lección de modestia, que evita se forme la aburridísima caterva de
sabidillos, de esos que creen haber llegado al fondo del universo
cuando su feliz memoria ha logrado encasillar en su repertorio un
cierto número de fechas y de nociones particulares. Pero las
Universidades populares, como la de Turín, prefieren más bien los
cursos -inútiles y tediosos sobre «El alma italiana en el arte
literario de las últimas generaciones» o 'lecciones sobre «La
conflagración europea según Vico», en las que se atiende más al aspecto
literario que a la eficacia, y la pretenciosa personita del
conferenciante supera la obra modesta del maestro, pues también sabe
hablar a los incultos. «Avanti!», 29 de diciembre de 1916. La escuela de partido
Mientras
se inicia el primer curso de una escuela de partido, no podemos por
menos de pensar en los numerosos intentos que se han realizado en este
campo, en el seno del movimiento obrero italiano, y en la suerte
singular que han tenido. Dejamos a un lado los intentos llevados a
cabo en una dirección distinta a la nuestra, en la dirección de las
«Universidades» proletarias sin color de partido, academias de oratoria
desprovistas de todo principio interno de cohesión unitaria en sus
mejores representantes, vehículo muchas veces de la influencia sobre la
clase obrera de esfuerzos e ideologías antiproletarias. Han tenido el
destino que les convenía, de sucederse y entrecruzarse sin dejar
ninguna huella profunda. Pero ni siquiera sobre los intentos
realizados en nuestro campo y con nuestras directrices puede decirse
algo. muy diferente. Ante todo, tales intentos tuvieron siempre un
carácter esporádico, y tampoco condujeron nunca a resultados
satisfactorios. Recordemos por ejemplo el período 1919-1920. La
escuela iniciada entonces en Turín entre un gran fervor de entusiasmo y
en condiciones bastante favorables, no duró siquiera todo el tiempo
necesario para desarrollar el programa trazado al principio. Pese a
todo, tuvo una repercusión bastante favorable en nuestro movimiento,
aunque no el que esperaban promotores y alumnos. De los demás
intentos, ninguno por lo que recordamos alcanzó el éxito y la
repercusión de aquél. No se salió nunca del grupo limitado, del
pequeño círculo, del esfuerzo de unos pocos aislados. No se llegó a
combatir y a superar la aridez y la infecundidad de los restringidos
movimientos «culturales» burgueses. Motivo fundamental de este
fracaso fue la ausencia de lazos entre las «escuelas» proyectadas o
iniciadas y un movimiento de carácter objetivo. El único caso en que
existe esta ligazón es el de la revista Ordine Nuovo de la que hemos
hablado arriba. En este caso, sin embargo, el movimiento de carácter
objetivo -el movimiento turinés de fábrica y de partido- es de tal
envergadura que excede y casi anula ante sí el intento de crear una
escuela en la que se afinen las capacidades técnicas de los
militantes. Una escuela adecuada a la importancia de tal movimiento
habría requerido, no la actividad de unos Pocos sino el esfuerzo
sistemático y ordenado de un partido entero. Considerada de este
modo la mala suerte que ha envuelto hasta ahora los intentos de crear
escuelas para los militantes del proletariado -es decir, considerada en
relación con su causa fundamental-, dicha mala suerte aparece no tanto
como un mal, sino como una señal de inatacabilidad del movimiento
obrero por parte de lo que sería, por eso, efectivamente un mal. Mal
sería si el movimiento obrero se convirtiera en campo de rapiña o
instrumento de experiencia por la suficiencia de pedagogos imprudentes,
si perdiese sus caracteres de apasionada milicia para asumir los de
estudio objetivo y de «cultura» desinteresada. Ni un «estudio objetivo
'» ni una «cultura desinteresada» puede caber en nuestras filas; nada
por tanto que se parezca a lo que se considera como objeto normal de
enseñanza según la concepción humanística, burguesa, de la escuela. Somos
una organización de luchas y en nuestras filas se estudia para aumentar
y afinar las capacidades de lucha de cada individuo y de toda la
organización, para comprender mejor cuáles son las posiciones del
enemigo y las nuestras, para poder adecuar mejor a ellas nuestra acción
de cada día. Estudio y cultura no son para nosotros otra cosa que
conciencia teórica de nuestros fines inmediatos y supremos, y del modo
como podremos llevarlos a la práctica. ¿Hasta qué punto existe hoy
esta conciencia en nuestro partido, está difundida en sus filas, ha
penetrado en los compañeros que desempeñan funciones de dirección y en
los simples militantes que deben llevar cada día a contacto con las
masas las palabras del partido, hacer eficaces sus órdenes, realizar
sus directrices? Creemos que todavía no en la medida necesaria para
hacernos aptos para cumplir de lleno nuestro trabajo de guía del
proletariado. No todavía era medida adecuada a nuestro desarrollo
numérico, a nuestros recursos organizativos, a las posibilidades
políticas que nos ofrece la situación. La escuela de partido debe
proponerse llenar el vacío que existe entre lo que debería ser y lo que
es, Por tanto, está estrechamente ligada a un movimiento de fuerzas,
que nosotros tenemos el derecho de considerar las mejores que la clase
obrera italiana haya engendrado. Es la vanguardia del proletariado, la
cual forma e instruye a sus cuadros, que añade un arma -su conciencia
teórica y la doctrina revolucionaria- a aquellas otras con las que se
apresta a afrontar a sus enemigos o sus batallas. Sin este arma, el
partido no existe, y sin partido ninguna victoria es posible. “L’Ordine Nuovo”, 1 de abril de 1925
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